Catperucita

Catperucita siempre iba por el bosque con su cesta.
A la hora de merendar paraba en el gran río para ver si cazaba algún delicioso pescado.
Catperucita era buena cazadora, con su gran visión pudo detectar un largo pez que estaba cerca de la orilla. Se acercó sigilosamente, se preparó para dar un gran salto y… ! ¡Zas! Con sus patitas y sus dientes capturó su presa.
¡Qué feliz estaba Catperucita!
A su vuelta por el bosque, con su cesta y su merienda, se encontró con un enorme y delgado lobo.
Este había estado acechando a Catperucita largo tiempo.
Catperucita puso su cesta muy despacio sobre el suelo, planeando su huida, pero intuyó que el lobo no tenía muchas intenciones de ir tras ella.
Se quedaron uno frente al otro, en la distancia, estudiándose mutuamente, inmóviles y en silencio.
Solo el ruido del estómago del lobo los volvió a traer al presente inmediato.
El lobo empezó a prestar más atención a la cesta, estiraba su hocico, olfateando los aromas que fluían de su interior y cambiando su atención entre la cesta y Catperucita.
En ese momento, Catperucita decidió que el lobo no era malo, era amigable y que solo tenía hambre.
Entonces decidió abrir la cesta con el gran pez y dar un par de pasos atrás, alejándose.
El lobo se acercó tímidamente a la cesta, obtuvo el pez y mientras lo comía, agradecía con gestos a Catperucita por haberlo salvado, siendo así, el principio de una bonita amistad.





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